volver

Frente a frente

- Sacaste un cuchillo, gato, ¿qué hacés?
Preguntó Favio desafiante, al momento que con una trompada con la derecha tiraba al piso al otro.

Las casas son bajas y son muchas. Por terreno hay más de una, en casi todos. Algunas calles del barrio están bastante bien, otras, llenas de pozos, hay cuadras que se inundan cuando llueve. El verano se ve a lo lejos y en la temprana noche ya aparece una niebla suave, en estas épocas la gente se calla más temprano, no se escucha música, no hay nadie mateando en las veredas. Las voces que se escuchan, por lo general, son de los que están siempre afuera, no importa el momento del año.

Después, una patada en la panza. Favio se dio vuelta para volver a su lugar, un tacho de pintura al revés, donde estaba sentado cuando llegó El Mona, unas horas antes. Ahí fue, como siempre, a tomar algo para aguantar el frío y un licor en petaca plástica para bajar el gusto amargo. Habrán sido apenas pasadas las seis de la tarde cuando la charla comenzó, al rato nomás salió Laura, la mujer de Favio, con la que tenía tres hijas, que ya estaban encerradas adentro. Como tantas otras tardes, mediodías, mañanas, noches y madrugadas, estaban los tres afuera de la casa de Favio, en el terreno que compartía con su hermano, que originalmente era la casa familiar, con anexos posteriores. Tomaban el licor, fumaban y cada tanto, aparecía alguna tarjeta SUBE dando vueltas en la escena.

Laura era siempre la primera en retirarse, las nenas ya van a la escuela, y trata de cumplir con eso. Afuera, como tantas otras tardes, mediodías, mañanas, noches y madrugadas, quedan Favio y El Mona. Se los escucha hablando de cualquier cosa, generalmente anécdotas de peleas o robos, o huidas de la policía. “A tal lo agarraron” , “a tal otro se le armó bondi en la casa”, “lo echó la mujer”, “el hijo está en cana”. Un poco más tarde dejan la charla de ascensor de lado y hablan de bolsas y gramos sin disimular ni una palabra. Ellos son jóvenes, aún les faltan algunos años para llegar a los 40. Son amigos del barrio, de la noche, de la vereda. Siempre se los ve juntos, en todos los estados, a cualquier hora, por cualquier lugar del barrio.

Se escuchó a Favio decir “Pagate otra, gato, dale, después vamos para aquellos lados”. “Pagate vos, gato, que encima te la metiste en el bolsillo, estás re zarpado”, respondió El Mona, mientras le pellizcaba un pezón fuerte a su amigo por arriba de la ropa. Estos reclamos a veces eran en joda, a veces tenían un rencor de gastos guardado. “Qué hacés, gato, estamos en mi casa, bajá la mano o te arranco la cabeza” advirtió Favio con tono determinante y bajo. “¿Vamos para allá? ¡y busco otro gramo!” ofreció El Mona, aniñado. “Andá vos y vení, te doy la mitad, dale gato”. Respondió Favio. “Pero vamos, dale, y buscamos”, El Mona insistía y Favio mantenía su negación a la propuesta. “Dale, te vas a quedar con ella, ¿No? te está re cagando, vos sabés que yo no miento. Vamos ahí a la pared un rato, no hay nada, al toque venimos”. “Cerrá el orto, gato, está mi familia, o toca a tu casa, dale hermano” Favio intentó terminar la charla y la visita de su amigo cotidiano. El Mona se levantó, se puso en pose de boxeo “Dale gato, arrancá, acá me tenés, dale macho” desafió a su amigo. El otro hizo un ademán con la mano, restándole cualquier importancia a su invitación, “tomatelás a tu casa, gato”. El Mona se fue en silencio.

Favio se levantó del tacho, se corrió un poco más allá, debajo de un árbol, y sacó la SUBE de su bolsillo. Tardó apenas unos segundos y volvió a su asiento. Habrá pasado un rato.

Apareció dando la vuelta de la esquina El Mona, con los ojos duros pero llorosos, se acercó en silencio y se sentó en un tronco que funcionaba también como banco. “Dale, vamos, gato”, le dijo a su amigo. “No, me quedo acá en mi casa, no voy a ningún lado yo, gato” le respondió Favio sin mirarlo. El Mona se abalanzó sobre él, de banco a banco, y lo revolcó en el piso sin decir nada. Ambos se levantaron a la vez y bajaron a la calle. “¡Qué hacés, gil, qué estás, volado?” preguntó Favio, pecheándolo. “Dale gato, decime si no querés, vamos hasta ahí, dale, un rato”. Favio empujaba al Mona para mantenerlo alejado y el otro retrucaba para que le pegue o vaya con él.

“Hasta la muerte soy leal, vos sabés, Favio, si yo abro la boca no queda nada acá, pero bueno, a vos te gusta ser sordo. Y a mí me gusta ser mudo también. Dale, pegame, volví para que me pegues. Pegame amigo, pegame, pero sabés que yo soy leal”. El Mona desafiaba a su amigo Favio, acercándose cada vez más a él, hasta tenerlo frente a frente. Ambos se miraban fijamente a los ojos, sin pestañear, no podían. Sus pupilas eran grandes, inmensas. Hacía frío, pero temblaban por otras razones. Ambos sentían que sus dientes se romperían. Los separaba la distancia mínima para que sus labios no se tocaran.

“¿Te acordás, gato, la otra noche? ¿Qué onda Favio, dale, vamos?” dijo El Mona, mientras una transpiración helada le bajaba por el cuello. Favio solo respondía “Andate gato, andate gato”, al tiempo que hacía un paso para adelante, y El Mona un paso en reversa, como si lo estuviera empujando con la frente. Como una coreografía ensayada. “Vos sabés, gato, sabes que morimos juntos, siempre estoy para vos, te vas a arrepentir, gato”

De pronto El Mona se abalanzó sobre Favio otra vez, esta vez cayeron sobre el asfalto de la calle, se metieron un par de piñas y se arrastraron por unos metros trenzados del cuello. Se pegaban cabezazos, sus labios se rozaron alguna vez entre golpe y golpe y giro y giro. De pronto El Mona sacó un cuchillo del bolsillo, lo puso a la altura de sus caras y lo revoleó para un costado, tirándolo arriba de la vereda. Favio le dio tres cabezazos seguidos y se incorporó. Se levantó y lo levantó al mona del flequillo, sus manos ya conocían ese pelo. Quedaron frente a frente. “sacaste un cuchillo, gato, ¿qué haces?” preguntó Favio desafiante, al momento que con una trompada con la derecha tiraba al piso al otro.

El Mona se retorcía de dolor agarrándose el cuerpo, Favio se dio vuelta, lo agarró del cuello y lo puso de pie. Aún ahorcándolo con la mano, le dijo, mirándolo a los ojos “Tomatelás, Mona, rajá de acá o te mato”. En eso, tras atravesar un pasillo de unos diez metros de largo, se asomó Laura desde el portón. “Cómo te gusta joder Mona, andá a tu casa, no rompás más los huevos porque salgo y te cago yo a patadas. Ya me despertaste una de las nenas, tomatelás gato, ¿Qué tenés que venir a hacer bondi a mi casa?” “Discúlpeme, te pido perdón” contestó El Mona, en un tono casi avergonzado. Laura se dio vuelta y se metió adentro. La cosa tenía que terminar, si Laura se metía al ring, todo empeoraría. “Tomatelás, gato, andate, sacaste un cuchillo”, repitió Favio, “Acá tenés mi sangre, pegame, hermano” suplicó El Mona. Favio lo soltó del cuello con un empujón. “Decime que no querés venirte conmigo, dale, gato”, preguntó El Mona hablando casi en voz baja y un tono agresivo que no se correspondía con la intención de su pregunta. “Mañana hablamos”, Dijo Favio, se dio vuelta y comenzó a volver a su vereda. El mona se dio vuelta para salir en dirección contraria y antes de dar el primer paso dijo en voz lo suficientemente alta como para que solo ellos dos lo escucharan: “Te espero en el paredón en un rato” y se fue caminando.

Favio se sentó en el tacho, sacó del bolsillo un pequeño pedazo de nylon manchado con un polvo blanco, lo lamió, lo hizo un bollo y lo tiró en el tacho de basura de la casa de su hermano. Se quedó dos o tres horas más sentado ahí afuera en el frío, solo, y después se metió a su casa. Al Mona lo vieron llorando en el paredón que da al contrafrente de un barrio cerrado un rato más tarde.